Aeropuertos: vacíos de uno mismo, olvido de deseos, tránsitos de nada.
Debiéramos pasar allí las veinticuatro horas; en eso tan parecido a un escaparate de tuercas. Para tomar conciencia de nuestra desconciencia.
Allí, en esos espacios artificiales, donde están tan interesados por la identidad, que ésta apenas existe.
O es la identidad de un delito previo, sobre aviso.
Sujeto del mal, la identidad contemporánea, tan frágil y agotada de sí misma, es, en esos espacios, lo más parecido a un estallido.
Volamos, finalmente. Pero aun antes no sabemos quiénes somos. O si somos los mismos que entramos en el aeropuerto.
Ocurre como con el resto del pasaje, esos hermanos más que nunca lo más extraño a nosotros: son unos, cuando los rozamos con los ojos; son otros, cuando entran en el avión; otros, cuando se desparraman por los pasadizos del siguiente aeropuerto.
Tan cerca de las estrellas, en la noche polar, casi tomándome de la mano de Sirio para volver a reunir mi identidad.
Y qué cansancio de uno mismo, de repente. Del trayecto de uno mismo. Cuánta sed de ser nada en los grandes espacios artificiales.
Si los guardianes del cielo son como los de los aeropuertos, renuncio al cielo.
Si la posteridad es como esos espacios que siguen -y no se sabe cómo- a los controles de identidad, renuncio a ella.
Si lo que nos viene después es un frío vuelo nocturno, continúo buscando la mano de Sirio.
sábado 19 de diciembre de 2009
viernes 18 de diciembre de 2009
Voy despidiéndome. Todavía quedan hojas en los tilos. La calzada esta noche está seca. Bajo despacio por São José. Qué huérfanos son esos muros que de repente acarician los sauces. Entro en el restaurante cassolà de Portas de Santo Antão. Están cenando los últimos; un comensal que le pide al camarero una foto con su cámara; una pareja de habla inglesa, ella con mohínes de flauta y él con aspecto hindú...La doncella de provincia está. Está pegada a una pared, con las manos a la espalda. Parece un gato asirio. Otro camarero mira hacia afuera. Mejor así que no estar en la calle con la carta en la mano invitando a los transeúntes. Ella lleva el pelo húmedo, los tirabuzones altísimos; me da por pensar que nunca ha pestañeado en su vida. Le dieron unos ojos tan grandes, casi bonitos..., y los ha colocado para mirar con fijeza en el exterior, en lo que tiene que venir.
Paso también a despedirme del barito de la esquina. Antes de que roce las sillas de la terraza, el viejo camarero pide por mí café y Pedras Salgadas con gas. El señor del café con gas...
Se nota que es jueves, se nota la animación entre los jóvenes. En una casa de aspecto señorial las ventanas altas están encendidas y hay gente con copas en la mano que se asoma a las barandas. La doncella ha dejado el uniforme y de paisano vuelve a estar junto a la barra de mi café de barrio. Qué misterio. Entre este local y el cassolà.
He estado leyendo -además de caminar esta tarde durante dos horas entre Belém y Praça de Dom Luís I...- los recuerdos de Ariadna Efron sobre Marina... Hace falta haber sufrido mucho para deslindar a su madre de Marina Tsvetaieva. Y qué decir en este momento de su corredor de soledad ante un padre inexistente.
Sigo pensando, como en las noches últimas, en los refugiados que llegaban a las puertas del mar, aquí en Lisboa, huyendo de la guerra.
Uno apenas ha conocido el ligero seísmo de anoche de madrugada.
Paso también a despedirme del barito de la esquina. Antes de que roce las sillas de la terraza, el viejo camarero pide por mí café y Pedras Salgadas con gas. El señor del café con gas...
Se nota que es jueves, se nota la animación entre los jóvenes. En una casa de aspecto señorial las ventanas altas están encendidas y hay gente con copas en la mano que se asoma a las barandas. La doncella ha dejado el uniforme y de paisano vuelve a estar junto a la barra de mi café de barrio. Qué misterio. Entre este local y el cassolà.
He estado leyendo -además de caminar esta tarde durante dos horas entre Belém y Praça de Dom Luís I...- los recuerdos de Ariadna Efron sobre Marina... Hace falta haber sufrido mucho para deslindar a su madre de Marina Tsvetaieva. Y qué decir en este momento de su corredor de soledad ante un padre inexistente.
Sigo pensando, como en las noches últimas, en los refugiados que llegaban a las puertas del mar, aquí en Lisboa, huyendo de la guerra.
Uno apenas ha conocido el ligero seísmo de anoche de madrugada.
miércoles 16 de diciembre de 2009
¿Es niebla o es humo de las castañeras? ¿Llueve o son los diminutos adoquines de la calzada que conservan la lluvia?
Escaparates de Lisboa, esquinas anónimas de Alfama... De repente parece que paso por la carretera del Norte en Tenerife y me detengo ante los mismos escaparates desvalidos y virtuosos, ante las mismas esquinas y empinadas, el mismo verde y la misma cerrada nostalgia.
Luego está esa belleza por terminar en el rostro de la portuguesa. Preferible, tantísimas veces, a la perfección de plástico uniformado de las europeas.
Llueve y no llueve, Lisboa.
(Anoche trataba de pensar en aquellos que en esta misma ciudad se alongaron a los muelles, la mirada ansiando alcanzar otro mar más allá de este mar. Los huidos de la barbarie europea. Y vieron estos mismos azulejos que yo, y las mismas cerrajas en los tejados.)
Escaparates de Lisboa, esquinas anónimas de Alfama... De repente parece que paso por la carretera del Norte en Tenerife y me detengo ante los mismos escaparates desvalidos y virtuosos, ante las mismas esquinas y empinadas, el mismo verde y la misma cerrada nostalgia.
Luego está esa belleza por terminar en el rostro de la portuguesa. Preferible, tantísimas veces, a la perfección de plástico uniformado de las europeas.
Llueve y no llueve, Lisboa.
(Anoche trataba de pensar en aquellos que en esta misma ciudad se alongaron a los muelles, la mirada ansiando alcanzar otro mar más allá de este mar. Los huidos de la barbarie europea. Y vieron estos mismos azulejos que yo, y las mismas cerrajas en los tejados.)
martes 15 de diciembre de 2009
Oscura se ha puesto Lisboa, gris de piedra pulida, cotidiana. Se acabó el tonto azul boquiabierto; tanta pandereta. Qué te has creído. La ralea tiene que seguir creciendo entre las tejas. Hay que ponerse a trabajar. Que las manchas de orín pudran con humedad mayor las vueltas y esquinas de las calles imposibles. Que la luz amarilla de una lámpara, en los despachos de papeles viejos, devuelva calamidad y hartura al rostro del librero. Yo he pasado hoy al mediodía por las oficinas consignatarias y apenas habré visto a un joven con atuendo europeo e informal, como si todos los fletes se hubieran realizado ya hace tiempo y no hubiese nada más que hacer, esperar, si es el caso, un cable de los emporios chinos que dominan el tráfico universal de mercancías. Por la ribera de Alcántara, un navío blanco y pequeño, como suspendido de la imaginación de un poeta modernista de ultramar, mantiene su silueta obediente, la proa orientada hacia tierra firme, como si todos los mares también se hubieran retirado.
Gris oscuro y luminoso, Lisboa contiene las lágrimas porque hace tiempo que no sabe hacerlo, el lloro, ante la mirada estúpida de los estudiantes norteamericanos, ante los ojos de pisapapel de los hombres de negocios de aquí y de allá. Porque no puede hacerlo más, llorar, con sus hombres que gritan de alcohol barato en las calles tronchadas, con sus mujeres feas y bien arropadas con los abrigos de antiguas señoras. En el umbral, la joven de provincia y su niño en un brazo. Como una promesa que no puede salir con bien de este garito de aspavientos y vozarrones.
Lisboa no quiere llorar más. Bruñe su silencio en las paredes de azulejos. Y llueve.
Gris oscuro y luminoso, Lisboa contiene las lágrimas porque hace tiempo que no sabe hacerlo, el lloro, ante la mirada estúpida de los estudiantes norteamericanos, ante los ojos de pisapapel de los hombres de negocios de aquí y de allá. Porque no puede hacerlo más, llorar, con sus hombres que gritan de alcohol barato en las calles tronchadas, con sus mujeres feas y bien arropadas con los abrigos de antiguas señoras. En el umbral, la joven de provincia y su niño en un brazo. Como una promesa que no puede salir con bien de este garito de aspavientos y vozarrones.
Lisboa no quiere llorar más. Bruñe su silencio en las paredes de azulejos. Y llueve.
lunes 14 de diciembre de 2009

Como aprendiz de letrista de fados, he subido sin resuello por la Calçada do Duque, y el librero, al reconocerme, ha movido la cabeza con desdén de afecto: "Otro Pessoa que se lleva..."
Como ignoro si pasado mañana me podré llevar otro Pessoa, he apretado con firmeza Cartas de amor de Ofélia a Fernando Pessoa y me he lanzado con el hielo del aire contra el pecho hacia la civilización.

Ay, qué cosas se hacen en nombre de la genialidad de una persona...

No veo, en estos momentos de remordimiento por el gasto de tanto libro, las cartas de Pessoa a Ofélia Queiroz... Lo que encuentro, según lo tradujo José Antonio Llardent, es el estribillo del poeta, su canción de cuna definitiva:
Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor
si no fuesen ridículas.
También en mi tiempo yo escribí cartas de amor,
como las demás,
ridículas.
...
Más de una vez pensé en tratar sobre los amores de Kafka, sobre los amores de Pessoa. Meu querido amor... Meu Ibis... Nininho... Fernandinho... Y, al final: Fernando.
Pobres de ellas...
Y ¿ellos? Antes de arrojarlos al cubo del deshecho sentimental, podríamos reconsiderar que, aun así, para ellos toda creación escrita era un poema de... amor.
domingo 13 de diciembre de 2009
Fuimos a una casa de fados..., después de recorrer frenéticamente todos los ventorrillos de libros viejos de Calçada do Duque y otras empinadas de las inmediaciones. De poco entro en la casa de fados con todo lo reciente de Pessoa, que siempre es más que ayer pero menos que mañana.
Ir desde el hotel a una casa de fados, como a un tablado flamenco, es arrojarte en brazos del fastidio, cuando no en los de las energúmenas en escala de crucero ahítas de vino verde. Además, con las normas higienistas imperantes, no se podía fumar en el local, y cómo va a estar uno entornando los ojos y dándole a los suspiros si no hay humo. Pero si cruzabas el vestíbulo, con los fadistas afinando las cuerdas con caras de pocos amigos, la casa se comunicaba con un pequeño bar vacío años cuarenta para prender todos los cigarrillos habidos y por haber.
En una esquina, a la mesa, ella escribía. Volví a la media hora y..., ella seguía escribiendo. Pocas veces he visto a nadie escribir tanto y tan seguido, sin levantar los ojos, si acercarse la copa a los besos. Cuando volví más tarde, despertando el rencor de la fadista más grande de los últimos tiempos, la mujer de cabellera ligeramente pelirroja seguía escribiendo.
No sé por qué me extrañé, si Pessoa aun muerto publica más a cada año que pasa. A lo mejor -pensé- Lisboa acelera la tinta de los bolígrafos.
La fadista más grande desde la muerte de Pessoa cantaría uno o dos fados aceptables. Los norteamericanos ni chillaban y escuchaban de forma encomiable. Ya me estaban firmando los papeles del destierro en la casa de fados, cuando regresé al bar años cuarenta y la desconocida seguía gastando con escritura imparable el papel de Portugal y alrededores peninsulares.
Entonces no pude más, me acerqué a la mesa, y me respondió: "Escribo para mí, cuando mi marido toca el fado al otro lado..."
Ir desde el hotel a una casa de fados, como a un tablado flamenco, es arrojarte en brazos del fastidio, cuando no en los de las energúmenas en escala de crucero ahítas de vino verde. Además, con las normas higienistas imperantes, no se podía fumar en el local, y cómo va a estar uno entornando los ojos y dándole a los suspiros si no hay humo. Pero si cruzabas el vestíbulo, con los fadistas afinando las cuerdas con caras de pocos amigos, la casa se comunicaba con un pequeño bar vacío años cuarenta para prender todos los cigarrillos habidos y por haber.
En una esquina, a la mesa, ella escribía. Volví a la media hora y..., ella seguía escribiendo. Pocas veces he visto a nadie escribir tanto y tan seguido, sin levantar los ojos, si acercarse la copa a los besos. Cuando volví más tarde, despertando el rencor de la fadista más grande de los últimos tiempos, la mujer de cabellera ligeramente pelirroja seguía escribiendo.
No sé por qué me extrañé, si Pessoa aun muerto publica más a cada año que pasa. A lo mejor -pensé- Lisboa acelera la tinta de los bolígrafos.
La fadista más grande desde la muerte de Pessoa cantaría uno o dos fados aceptables. Los norteamericanos ni chillaban y escuchaban de forma encomiable. Ya me estaban firmando los papeles del destierro en la casa de fados, cuando regresé al bar años cuarenta y la desconocida seguía gastando con escritura imparable el papel de Portugal y alrededores peninsulares.
Entonces no pude más, me acerqué a la mesa, y me respondió: "Escribo para mí, cuando mi marido toca el fado al otro lado..."
viernes 11 de diciembre de 2009

Foto © JCC
Bajábamos a media tarde para verles los labios al Tajo. Por Restauradores, por los africanos congregados en la cabecera de Dom Pedro IV. Íbamos por la calle parando en los escaparates. Una gran ciudad, toda llena de pequeños pueblos. Vendedores fadistas de lotería, mujeres de la vida y mujeres de la vida cotidiana, morenas y taciturnas, como lamentadas que la belleza no reine por completo en ellas, lo cual es todavía más hermoso, ese atisbo de belleza, ese reinado de lo imperfecto. Lo bueno de Lisboa, como de Belgrado, es que no ha llegado el uniforme general, y hay patillas sobresalientes, rizos peinados inverosímiles, bigotillos de arte y capricho. Y gente que tose. Descendíamos. Yo tenía que ir a ver el crepúsculos sobre el Tajo y cuando llegué a las inmediaciones me encontré con el estilo español, con el estilo catalán de las vallas altas. Todo vedado al paso, prohibido, por las excavadoras permanentes que a nadie sirven, como no sea a los bolsillos sedientos de grandes obras, ansiosos por destruir las últimas ventanas humanas. Ni asomo de río. Ni sombra del rey Sebastián. Todos los pájaros cantaban en lo profundo de los árboles, mientras la luz se iba por el Atlántico a sus anchas. Qué país más hermoso, con su grandeza imposible en las pequeñas cosas. Por un momento estaba el deje de Canarias, la araucaria y las tejas, el semblante comedido, la melancolía que no es más que timidez, o ese apego por lo menudo y lo maravilloso, esa gran potencia de abrazar todos los horizontes, esa renuncia para no ser sino el bebedor en la acera, con todos los sueños del mundo a la intemperie.
martes 8 de diciembre de 2009
Sísifo de agua..., cuánto gusto por la muerte queriendo remediarla.
Pero si el mar todo él es presencia soberana, todo él entero, influjo y reflujo, tú al darte sombra te quedas en derrota poca, nada, ni siquiera en fracaso.
¿Habré por fin de convivir contigo? Tan corto es el trayecto que nos queda, y tan dañina ha sido tu constancia, que más nos da, no habiendo sido tú sino fuego y marca y ninguna huella en mis entrañas, el rostro vuelto al recibir una caricia, al ser para nada conocido.
Pero si el mar todo él es presencia soberana, todo él entero, influjo y reflujo, tú al darte sombra te quedas en derrota poca, nada, ni siquiera en fracaso.
¿Habré por fin de convivir contigo? Tan corto es el trayecto que nos queda, y tan dañina ha sido tu constancia, que más nos da, no habiendo sido tú sino fuego y marca y ninguna huella en mis entrañas, el rostro vuelto al recibir una caricia, al ser para nada conocido.
domingo 6 de diciembre de 2009
Cómo me gustaría ser peregrino en la patria, como los mejores, a mí que no pertenezco a ninguna.
Qué mal se dispusieron las cosas, la Isla a cada golpe más estrecha, la partida inconsciente, el tajo definitivo del 16 de diciembre, la permanencia en esto que hasta ayer me resultaba cada día más extraño, y que hoy ya es limbo o indolencia.
Peregrino en la tierra me quedo, por no haber otro remedio. Peregrino en la luz que se desangra cada tarde, hasta que ninguna tarde o luz a mis entrañas llegue nunca.
Qué mal se dispusieron las cosas, la Isla a cada golpe más estrecha, la partida inconsciente, el tajo definitivo del 16 de diciembre, la permanencia en esto que hasta ayer me resultaba cada día más extraño, y que hoy ya es limbo o indolencia.
Peregrino en la tierra me quedo, por no haber otro remedio. Peregrino en la luz que se desangra cada tarde, hasta que ninguna tarde o luz a mis entrañas llegue nunca.
sábado 5 de diciembre de 2009
A golpe de televisión mataba los insomnios. Aquí en la Plaza el aparato tiene mando, con lo que es relativamente fácil ir por los canales, recibir el bostezo final, y devolver la oscuridad a la pantalla. Mas si hablo en plural de insomnios, es porque tan pronto me levantaba, tan pronto volvía el desvelo, y, por consiguiente, el televisor, el mando, el reclinatorio en el sofá.
Yo no sé si se corresponde con el estado mental del país, pero anoche de madrugada los canales se sucedían con echadores de cartas hundidos en mesas camillas, rifadoras de pisos marcando ingles, fornicadores a todo color y programas literarios. Reparé en uno de ellos; hacía tiempo que no me divertía. Estaba tan fascinado con una de sus tertulianas, que al principio pensé si se trataba de la esposa de un responsero evangélico, que también éstos tienen canal de ventas en televisión, la blusa blanca y alzada como una peperomía, más conocida como oreja de burro. Con los ojos ora aplatanados en su propia escucha, ora desesperados por hundirse y no encontrar el concepto siguiente, la mujer aquella, de edad y belleza indescriptibles, tenía al resto de personal mirando las molduras del techo. Creo que iban a turnos -había bajado el volumen-, cada uno con un libro en la mano por recomendar de los amigos y familias de siempre, incluso con la librera más agria de Barcelona echando sonrisas por esos dientes que jamás han conocido placer. Un poco más, y aquello parecía un hato de alegaciones para no morir fusilados al alba.
Esto sucedía en la televisión estatal, en la estatal de país éste, de políticos chorizos, periodistas chantajistas y artistas a sueldo del ayuntamiento. Como por doquier, sí, pero con la diferencia de que, hasta hace nada, las cloacas se encontraban fuera de sus inmaculadas vastedades. Suspiré, a falta de grandes bostezos. Hace una década, uno se sublevaba porque tales programas de fomento y cultura los pagamos todos, incluyendo los discriminados por no afiliarnos al país y no escribir lo nuestro en el idioma propio de su país. Suspiré, pues, ya que al contrario de lo que pasaba en otro tiempo -cuando creía en el enriquecimiento a partir de las diferencias y en la acogida mutua de las lenguas-, mi sentimiento de vinculación a esto es bien ínfimo, y en mis fueros se produce una ventilación como universal y definitiva.
Es como si me dijera: No eres de aquí. Tampoco de otra parte. Líbrate de una vez a los horizontes.
La mediocridad es ya tan sonrojante, salvo para quienes viven de la cultura y el misionerismo de su país, que uno agradece, desde la sinceridad desvelada del insomnio, no pertenecer a esto, con lo que se ahorra el trato con sus mafias de medianías, que hasta en eso son poca cosa.
Así que adiós -como uno también ha dicho de las cosas allende el Ebro y de las cosas de Allá Abajo- a las cruces de San Jorge, a sus medallas de honor, a sus panteones pagados. Con lo ancho y libre que es el océano del aire.
Yo no sé si se corresponde con el estado mental del país, pero anoche de madrugada los canales se sucedían con echadores de cartas hundidos en mesas camillas, rifadoras de pisos marcando ingles, fornicadores a todo color y programas literarios. Reparé en uno de ellos; hacía tiempo que no me divertía. Estaba tan fascinado con una de sus tertulianas, que al principio pensé si se trataba de la esposa de un responsero evangélico, que también éstos tienen canal de ventas en televisión, la blusa blanca y alzada como una peperomía, más conocida como oreja de burro. Con los ojos ora aplatanados en su propia escucha, ora desesperados por hundirse y no encontrar el concepto siguiente, la mujer aquella, de edad y belleza indescriptibles, tenía al resto de personal mirando las molduras del techo. Creo que iban a turnos -había bajado el volumen-, cada uno con un libro en la mano por recomendar de los amigos y familias de siempre, incluso con la librera más agria de Barcelona echando sonrisas por esos dientes que jamás han conocido placer. Un poco más, y aquello parecía un hato de alegaciones para no morir fusilados al alba.
Esto sucedía en la televisión estatal, en la estatal de país éste, de políticos chorizos, periodistas chantajistas y artistas a sueldo del ayuntamiento. Como por doquier, sí, pero con la diferencia de que, hasta hace nada, las cloacas se encontraban fuera de sus inmaculadas vastedades. Suspiré, a falta de grandes bostezos. Hace una década, uno se sublevaba porque tales programas de fomento y cultura los pagamos todos, incluyendo los discriminados por no afiliarnos al país y no escribir lo nuestro en el idioma propio de su país. Suspiré, pues, ya que al contrario de lo que pasaba en otro tiempo -cuando creía en el enriquecimiento a partir de las diferencias y en la acogida mutua de las lenguas-, mi sentimiento de vinculación a esto es bien ínfimo, y en mis fueros se produce una ventilación como universal y definitiva.
Es como si me dijera: No eres de aquí. Tampoco de otra parte. Líbrate de una vez a los horizontes.
La mediocridad es ya tan sonrojante, salvo para quienes viven de la cultura y el misionerismo de su país, que uno agradece, desde la sinceridad desvelada del insomnio, no pertenecer a esto, con lo que se ahorra el trato con sus mafias de medianías, que hasta en eso son poca cosa.
Así que adiós -como uno también ha dicho de las cosas allende el Ebro y de las cosas de Allá Abajo- a las cruces de San Jorge, a sus medallas de honor, a sus panteones pagados. Con lo ancho y libre que es el océano del aire.
viernes 4 de diciembre de 2009
Son mirlos, sin duda, los pájaros que suenan de madrugada. Hacia las dos comienza el canto de uno. Siempre he pensado, al oírlo, en hiladas de sentido.
He querido pensar en mi vida. Inmediatamente mi oído, pero también mi vida, ha quedado prendido de su gorjeo. Me preocupa que cante solo. Me alegro, al cabo, cuando otro le sigue la corriente.
No hace falta asomarse por la ventana. Escudriñarlo entre la oscuridad que atraviesa la luz de las farolas. Basta sentir cómo arroja su trazo, su primer pespunte, su primer bordado, y cómo otro recoge el guante, le saca el envés, ejecuta una floritura todavía más fina y virtuosa.
Sobrecoge la finura física de su canto, la intensidad del canto elevándose y doblándose sin red.
Están distantes. Están distantes e invisibles los mirlos. Y, sin embargo, bordan juntos la noche y la música.
No sé por qué lo llamamos cantar a lo que hacen los pájaros, los mirlos de ahora en esta madrugada quieta. Uno sólo se basta, aunque surge el otro, y tal vez otro más allá, y aun un cuarto. La niebla viene filtrándose desde arriba por las farolas amarillas. Continúa y se confunde con la noche que sale al paso. Con el mar entero que la espera tras la orilla, tras los parpadeos naranja en la orilla.
Y los mirlos se quedan solos. Contra la noche imperturbable. Contra el mar en lejanía. Locuaces y divertidos porque otro los escucha a este lado de la ventana.
He querido pensar en mi vida. Inmediatamente mi oído, pero también mi vida, ha quedado prendido de su gorjeo. Me preocupa que cante solo. Me alegro, al cabo, cuando otro le sigue la corriente.
No hace falta asomarse por la ventana. Escudriñarlo entre la oscuridad que atraviesa la luz de las farolas. Basta sentir cómo arroja su trazo, su primer pespunte, su primer bordado, y cómo otro recoge el guante, le saca el envés, ejecuta una floritura todavía más fina y virtuosa.
Sobrecoge la finura física de su canto, la intensidad del canto elevándose y doblándose sin red.
Están distantes. Están distantes e invisibles los mirlos. Y, sin embargo, bordan juntos la noche y la música.
No sé por qué lo llamamos cantar a lo que hacen los pájaros, los mirlos de ahora en esta madrugada quieta. Uno sólo se basta, aunque surge el otro, y tal vez otro más allá, y aun un cuarto. La niebla viene filtrándose desde arriba por las farolas amarillas. Continúa y se confunde con la noche que sale al paso. Con el mar entero que la espera tras la orilla, tras los parpadeos naranja en la orilla.
Y los mirlos se quedan solos. Contra la noche imperturbable. Contra el mar en lejanía. Locuaces y divertidos porque otro los escucha a este lado de la ventana.
jueves 3 de diciembre de 2009
CARTA A LAS CARCOMAS
Carcomas..., el tiempo apremia, y ya me he ganado el desprecio por la paciencia. Un día como hoy habré de partir. No tengo fundamento ni de franciscano ni de animista. Vuestro trabajo es notable, a ciegas y en silencio, en tantas cosas parecido al mío. Pero el mundo es ancho y común. ¿Por qué no emplazar vuestros laberintos, vuestros enredos tuertos, vuestras suspicacias y fastidios en las piedras que desecha el desierto? Una por una, sin conoceros, y sin ganas de adivinar el sustento de vuestra fe, os busco aguja en mano, ebrios los tuétanos de veneno, el que tal vez me lleve antes que a vosotras. Sólo aspiro a esta mesa de nogal. Vedla, parece noble, robusta y sencilla. Viene de no sé dónde, como vosotras y yo. Ya sé que también suspiráis por ella, por sus contornos apenas isabelinos; por la fresca madera de adentro que yo no alcanzo a fruir. Quiero nada más que apoyar mis codos en ella, en una ínfima porción de ella, para que todo el resto continúe a oscuras e inalcanzable, y mis muñecas tiritando de frío ante tanta vastedad. Llevo mis venas propias, y las que me han hecho. No deseo otros laberintos. No quiero mineros al margen de mí. Sed buenas. Abandonad sin desdoro la madera rica. Vuestro honor, en mi agradecimiento, puede brillar en cualquier parte. En eso no nos parecemos.
miércoles 2 de diciembre de 2009
Yo no sé si vivo en Barcelona; si "afincado", como gustan decir los periodistas de Allá. Esta mañana faltó poco para que arramblara con los Encantes. Hubo un momento en que yo también estaba sentado al filo de una macetera y chasqueando la lengua y exclamando para adentro: ¡Dios, qué sol, qué plenitud, cómo la vida sigue y sigue...! Qué poco faltó para que abanicara el aire con el "¡Tot barat, tot barat!" del joven marroquí de ojos azules, que no podía evitar reírse de sí mismo cuando nuestras miradas coincidían. Para que tocara las palmas al grito de "¡liquideision!!, como hace mi amigo el Turco. Pasó por nuestra parada, por segunda vez, una señora a ver si el limoges se había abaratado, y yo, entre Hadj y Tariq, estuve por decirle: "Señora... ¡si sólo son cinco euros! ¿No ve que tenemos fatiga y hay que recoger? ¡Cinco euros!"
Tot barat, tot barat, repicaba mi culpa en la camioneta de Abdul rumbo a casa. Él hablándome de cuscús y yo pensado en alimentarme de aire hasta la segunda semana de enero, como los claveles. ¡Tot barat, tot barat!
Así que por la tarde me fui al Okay a sacarme la fragancia de aguarrás con que estoy tratando la carcoma de los muebles. Comenzaron a llegar las mesnadas del Osiris, ahora definitivamente cerrado. Son lugareños, son jóvenes, huelen a gasolina por no decir otra cosa, y a punto están de que se prendan por nada. De bajada son buena gente; perros ladradores; sólo que también padecen escozores metafísicos. Estaba la china dulce en la barra, acordándoseme de mi menú de café y vichy, y estos machos que la interpelan con rudeza. Parece que después había fútbol. Pidieron cervezas. Yo me fui a comprar un periódico y mi cráneo se encontró de pronto en manos del barbero argentino. Reluciente entré en lo de las hermanas Ye, que está al lado, como la oficina de correos, como la tienda de bisuterías y escáis, una cosa al lado de la otra, un mundo completo en el reducido tamaño de esa acera empinada. En la pantalla sin voz, una cadena china de televisión. Los bebedores estaban también callados mirando a los coros de muchachos y muchachas con las manos a la espalda, pensando, los bebedores, en cómo cae de liviana la flor de los cerezos. Como la cinta estaba subtitulada, el silencio era inmenso en la granja bar cafetería. Todo estaba en orden.
El mundo giraba en China. Cantaban los coros y nada se oía, pero tampoco hacía falta. Hubiera continuado hasta Kamchatka. No tengo dinero para subir por las paredes del mundo hasta el Norte. Como me quedaba la tarjeta del autobús, subí en él cuando anochecía, ya casi como de costumbre. He entrado en casa y con las lámparas por armar y los muebles por encolar y las maderas por limpiar, siento que estoy otra vez en los Encantes.
Al fin solo.
Mientras, me gustaría ser como esos escritores que gastan frases plásticas con nervadura y futuro.
Me disuelvo en la fragancia del aguarrás, aunque la noche está serena. Soy, pero sólo en quien me mira. Y el mundo sigue girando en China, todo el resto de la esfera esperando que lo roce la luz.
Tot barat, tot barat, repicaba mi culpa en la camioneta de Abdul rumbo a casa. Él hablándome de cuscús y yo pensado en alimentarme de aire hasta la segunda semana de enero, como los claveles. ¡Tot barat, tot barat!
Así que por la tarde me fui al Okay a sacarme la fragancia de aguarrás con que estoy tratando la carcoma de los muebles. Comenzaron a llegar las mesnadas del Osiris, ahora definitivamente cerrado. Son lugareños, son jóvenes, huelen a gasolina por no decir otra cosa, y a punto están de que se prendan por nada. De bajada son buena gente; perros ladradores; sólo que también padecen escozores metafísicos. Estaba la china dulce en la barra, acordándoseme de mi menú de café y vichy, y estos machos que la interpelan con rudeza. Parece que después había fútbol. Pidieron cervezas. Yo me fui a comprar un periódico y mi cráneo se encontró de pronto en manos del barbero argentino. Reluciente entré en lo de las hermanas Ye, que está al lado, como la oficina de correos, como la tienda de bisuterías y escáis, una cosa al lado de la otra, un mundo completo en el reducido tamaño de esa acera empinada. En la pantalla sin voz, una cadena china de televisión. Los bebedores estaban también callados mirando a los coros de muchachos y muchachas con las manos a la espalda, pensando, los bebedores, en cómo cae de liviana la flor de los cerezos. Como la cinta estaba subtitulada, el silencio era inmenso en la granja bar cafetería. Todo estaba en orden.
El mundo giraba en China. Cantaban los coros y nada se oía, pero tampoco hacía falta. Hubiera continuado hasta Kamchatka. No tengo dinero para subir por las paredes del mundo hasta el Norte. Como me quedaba la tarjeta del autobús, subí en él cuando anochecía, ya casi como de costumbre. He entrado en casa y con las lámparas por armar y los muebles por encolar y las maderas por limpiar, siento que estoy otra vez en los Encantes.
Al fin solo.
Mientras, me gustaría ser como esos escritores que gastan frases plásticas con nervadura y futuro.
Me disuelvo en la fragancia del aguarrás, aunque la noche está serena. Soy, pero sólo en quien me mira. Y el mundo sigue girando en China, todo el resto de la esfera esperando que lo roce la luz.
martes 1 de diciembre de 2009
Me ha citado en el restaurante de El Corte Inglés. Qué cosas tiene mi amigo. A un centro así habré ido tres veces en mi vida. La última, cuando tenía el estudio en Les Corts. Era uno de esos anocheceres de plata que tiene Barcelona en otoño, con sus reverberaciones de un azul profundo y desmayante. Yo me había quedado sin cartuchos de tinta. En la colmena entraban y salían las multitudes. Al confundirme con el gentío, sentí un alivio tan relajante, un sentimiento tan auténtico de pertenecer a algo, que abordé a una desconocida y le manifesté mi entusiasmo. Me dio su número de teléfono, y desapareció con su carga de regalos navideños.
Por fortuna, almorzamos en un reservado. No había nadie más que nosotros. Las camareras, en cuanto pudieron, cedieron el servicio a los varones. Las terrazas en las casas de enfrente rebosaban de luz y geranios. El relato de su gran amor ha sufrido retoques. Me mostró un sobrecito de la casa Loewe en dode guardaba su número de teléfono hecho trizas. Dentro de unas horas, con una luna grande por compañía, regresará a Gran Canaria, a su casa entre las dunas del Sur
En las cuatro o cinco horas que duró el encuentro ha hablado de su trilogía narrativa. Parece que por alguna parte aparezco yo, como el capitán Garfio; también M... Una versión teatral de esta obra suya sería algo magnífico. A los postres, de poco lloro con unos versos que declaman los personajes. Le faltó ponerse en pie, desalojar el comedor contiguo, echar el cierre a El Corte Inglés para declamar desde las cúpulas. ¡Qué presencia escénica la del amigo A.! Con cuánto convencimiento lee en alta voz. Miré otra vez al exterior, buscando consuelo en el azul del cielo, en la suave melancolía de las estelas de la tarde.
Somos sobrevivientes. Yo también tengo mis eclipses, y alguna muerte propia enterrada; también a menudo sólo veo trozos de mí en la memoria, sin articulación posible. El amigo A., presente y pasado de mi vida, entraba y salía por mi alma como lo hacen las nubes. Estamos juntos, nos conservamos el afecto y la admiración intelectual. Pero cada uno sigue su deriva, y eso cada cual lo hace a solas. Entre el ensueño y el presente. Entre la nostalgia y el presente.
Me hablaba de G. de B., y ya estaba asistiendo a otra película. Qué hubiera pasado si hubieran llegado a más...
Todo es ficción. Nos aferramos con suavidad al hecho de que seguimos con vida, y tratamos de respirar. Tomamos asiento en la terraza del Sándor. Cuánto no me he reído de los galanes que toman asiento durante horas para sopesar a las bellezas que desfilan por delante. Por momentos, estaba haciendo lo mismo. Era -me explico ahora- como si siguiendo a una de aquellas beldades ingresara en otra vida verdadera y propia, sin más pasado, sin más memoria.
El Sándor..., la residencia universitaria en la calle del Maestro Nicolau -de donde nos expulsaron a final de curso por escandalizar a los corderos-, los jardines del poeta Marquina... Ruinas y muñones por los que transcurrimos con perplejidad y alivio. Como esas calles de otro tiempo, a las que por duelo de amor no nos atrevimos a volver.
Ahora todo eso ha quedado despejado. Los jardines son nuevos, y nuevo lo que queda de aquellas noches, el Sándor y..., poco más, porque no solamente hemos destruido nuestra memoria, sino que el aire de los tiempos ha sepultados la mayor parte de los rincones de nuestra juventud.
Para quien desde su juventud ha vivido sin pertenencia y de prestado, eso tampoco importa mucho.
Nos abrazamos, a la puerta de casa. Le coloqué bien la solapa de la americana. Hasta pronto.
Por fortuna, almorzamos en un reservado. No había nadie más que nosotros. Las camareras, en cuanto pudieron, cedieron el servicio a los varones. Las terrazas en las casas de enfrente rebosaban de luz y geranios. El relato de su gran amor ha sufrido retoques. Me mostró un sobrecito de la casa Loewe en dode guardaba su número de teléfono hecho trizas. Dentro de unas horas, con una luna grande por compañía, regresará a Gran Canaria, a su casa entre las dunas del Sur
En las cuatro o cinco horas que duró el encuentro ha hablado de su trilogía narrativa. Parece que por alguna parte aparezco yo, como el capitán Garfio; también M... Una versión teatral de esta obra suya sería algo magnífico. A los postres, de poco lloro con unos versos que declaman los personajes. Le faltó ponerse en pie, desalojar el comedor contiguo, echar el cierre a El Corte Inglés para declamar desde las cúpulas. ¡Qué presencia escénica la del amigo A.! Con cuánto convencimiento lee en alta voz. Miré otra vez al exterior, buscando consuelo en el azul del cielo, en la suave melancolía de las estelas de la tarde.
Somos sobrevivientes. Yo también tengo mis eclipses, y alguna muerte propia enterrada; también a menudo sólo veo trozos de mí en la memoria, sin articulación posible. El amigo A., presente y pasado de mi vida, entraba y salía por mi alma como lo hacen las nubes. Estamos juntos, nos conservamos el afecto y la admiración intelectual. Pero cada uno sigue su deriva, y eso cada cual lo hace a solas. Entre el ensueño y el presente. Entre la nostalgia y el presente.
Me hablaba de G. de B., y ya estaba asistiendo a otra película. Qué hubiera pasado si hubieran llegado a más...
Todo es ficción. Nos aferramos con suavidad al hecho de que seguimos con vida, y tratamos de respirar. Tomamos asiento en la terraza del Sándor. Cuánto no me he reído de los galanes que toman asiento durante horas para sopesar a las bellezas que desfilan por delante. Por momentos, estaba haciendo lo mismo. Era -me explico ahora- como si siguiendo a una de aquellas beldades ingresara en otra vida verdadera y propia, sin más pasado, sin más memoria.
El Sándor..., la residencia universitaria en la calle del Maestro Nicolau -de donde nos expulsaron a final de curso por escandalizar a los corderos-, los jardines del poeta Marquina... Ruinas y muñones por los que transcurrimos con perplejidad y alivio. Como esas calles de otro tiempo, a las que por duelo de amor no nos atrevimos a volver.
Ahora todo eso ha quedado despejado. Los jardines son nuevos, y nuevo lo que queda de aquellas noches, el Sándor y..., poco más, porque no solamente hemos destruido nuestra memoria, sino que el aire de los tiempos ha sepultados la mayor parte de los rincones de nuestra juventud.
Para quien desde su juventud ha vivido sin pertenencia y de prestado, eso tampoco importa mucho.
Nos abrazamos, a la puerta de casa. Le coloqué bien la solapa de la americana. Hasta pronto.
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