domingo, 3 de junio de 2018

Domingo, 3 de junio de junio.

Hace ya meses que le dejé mensajes en el contestador, y no me respondió. Era extraño, porque, antes, al cabo de unos días, respondía. Se lo comenté a un amigo común y me confesó que seguía de lleno en un proceso de autodestrucción. Y uno, que es un crédulo, lo lamentó, no en vano lo ha apreciado como hombre y como poeta, y ha hecho porque su obra se conociera fuera de las Islas, incluso dentro de ellas, donde hay cuadrillas que no lo soportan.
Casualmente descubrí fotos de prensa en las que aparecía de espaldas en la presentación de otro envidioso, poeta cada vez más ramplón y que trata de sobresalir como ensayista. Todo muy de pueblo. Y lo he vuelto a ver junto a un poeta premiado recientemente en Andalucía. Ahí está, sonriendo, con su querida esposa (a ella le va como pintado lo de esposa), también sonriendo. Cuando aún quedábamos para vernos, la señora siempre se excusaba porque tenía jaqueca, pero es que yo había tocado al "hijo" de esta pareja de estériles en uno de mis diarios y era superior a sus fuerzas. Él sin embargo, como es cobarde y le pesa "haber matado" a su hermano poeta, una noche templado de ginebra me felicitó por la valentía de mi libro. Ginebra, por cierto, cuando al margen de su esposa, quedaba con sus alumnas y era ingenioso bajo sus efectos.
No es que me ofenda a estas alturas que el jorobado no me responda; allá él. Me arrepiento de haberlo ensalzado, porque, como se ve en sus últimos libros, también es impotente en poesía y ante ello repinta los versos de hermetismo e ideas redichas. 
Serán mis Islas, de mi pasado y de mis antepasados, pero estoy en un tris -y no solo por este magnífico poeta que se arrima a quien cree que puede elevarlo- de dejar que se hundan. Pocos echarían de menos su insignificancia.