jueves, 24 de mayo de 2018

Jueves, 24 de mayo de 2018

Si esto fuera un diario hubiera dado cuenta del domingo en que J. me llamó a parte, en el mercado de Sant Antoni, y me contó que tenía cáncer con metástasis. Estuvimos llorando, calle arriba, calle abajo.
Ayer que fui a los Encants me acordé de él. Ya le había puesto un mensaje el otro día anunciándole que pensaba ir y no me contestó.
Son muchos años de amistad, de desacuerdos y vivencias compartidas. 
Y así pasa con otras cosas que ocurren y que no transcribo en este espacio. Debería llevar un diario público, como el que Tolstói dejaba a la vista para que lo leyera su mujer, y el verdadero, que tiene que ser secreto, postrero.
No es la primera vez que me remuevo entre estas contradicciones. Una más no importa. Lo curioso es que cuando ya forma un libro poco me importa quien aparezca y cómo lo haga, empezando por uno mismo.
Pero hay el momento íntimo que no existe en el diario que vertimos al papel impreso. Un momento de un gran pudor y desnudez en el que siento una de mis expresiones favoritas: No me da la gana.
No me da la gana que, ahora, los sacristanes de una y otra iglesia  accedan a mis sentimientos. Aunque tampoco sea eso en concreto, en absoluto.
Es más bien el instante que solo quiero para mí. Para mí solo.