lunes, 1 de enero de 2018

Lunes, 1 de enero de 2018

Toda la tarde de ayer leyendo noticias de Manuel Verdugo, y de su hermano Domingo, aquel que se colocaba en el ojal una cinta de un color según la personalidad que lo estuviera habitando.
Aquellos dos personales vivieron en la esquina a la casa en nací, plaza del Adelantado, una casa del siglo XVI, donde Mencia Díaz Clavido dio a luz a José de Anchieta, evangelizador jesuita de Brasil. Yo la conocí, como colegio mayor femenino, Virgen de la Candelaria, que lo era desde 1962. A su lado se hallaba el palacio de los marqueses de Celada, que cedieron su lugar a los Benitez de Lugo que fueron de los pocos amigos en mi infancia. Frente al yo soy otro de Manuel, las tres identidades conocidas de su hermano y que fotografió Guerra. Espiritistas ambos, como mi abuela Juana; de su biblioteca rescaté algunos título de teosofía.
¿Qué nos ha llegado a Manuel Verdugo, nacido casualmente en Manila? En primer lugar publicaciones de la editorial que Olga Luis Rivero ha sacado adelante con su compañero, músico y poeta Roberto Cabrera. En segundo lugar, a un amigo intermitente, Julio Fajardo, hermano de otro amistad intermitente, el pintor José Luis Fajardo, con un libro de 2014 que llamó mi atención: La Laguna.
Casa de las identidades, casa desaparecida. Habitantes lanzados a la intemperie, al remolino del no lugar, aun siendo profundamente laguneros, canarios.