jueves, 25 de enero de 2018

Jueves, 25 de enero de 2018

Parece que siempre hay alguien que vela por tu elegancia moral, comentándole a terceros --en este caso a C.-- que no debería escribir ciertas cosas sobre cierta gente maleva.
Uno debe de presentarse como si estuviera departiendo con displicencia en los jardines del hotel Raffles de Singapur. También ha sido mi sueño: descansar, a la caída de la tarde, sorbiendo un Malta frente a la chimenea, en un bellísimo, pulcro, ordenado cottage del condado de Hertfordshire, ajeno a toda la suciedad del mundo de la cultura.
Que se lo digan a Cernuda. ¿Para qué tan mal genio y una lengua tan diabólica, impropios de un poeta tan intenso como delicado?
O a los modositos, que a la mínima echan pestes de su editor por sus modales. A escondidas, eso sí, para no perder la inmaculadidad de lo que luego escriben.
Doble vida. A mí se me da muy mal. Yo he atacado cuando he sido atacado. Sí, eso dicen todos. Y he guardo intimidades que me han confiado y que nunca osaré sacar a la luz.
La elegancia debe medirse por otros parámetros. No me vale el puritanismo, la corrección de Eso no es digno de tiTú estás por encima. 
¿Yo con maledicencias y chismorreos, cuando he conocido a modositos, y a falsos defensores de la indomable naturalidad, comportándose con ruindad, con cálculo siempre en su beneficio?
Eso sí que no me interesa en absoluto.
Paso entre las risas de hiena de la sociedad literaria mirando y oyendo muy por encima de su hediondez.