domingo, 17 de diciembre de 2017

Sábado, 17 de diciembre de 2017

El aniversario de la muerte de mi madre se cumplió ayer al atardecer. Pudo a ver sido a las ocho, ocho y cuatro o bien a las ocho y media de la tarde. Cuanto llegué al zaguán de mi casan en la calle de Viana, casi tocado con San Agustín, y tras pasar parte de la tarde bebiendo ron con el ahora muerto jíbaro --para mi entonces lo llamaba Señor A en los diarios--, no me dio por mirar el reloj, sino los avisados que se acumulaban en la sala de la mujer yaciente entre grandes espejos, lámparas de araña y relojes antiguos restaurados por mi padre. De él recibí el primer abrazo.
Iba en taxi por Diagonal, cuando tuvo que detenerse frente a Fyords, miré el reloj y suspiré: Eran todavía las siete, lo que tomó erróneamente no por las seis en las Islas, sino por las noches.
Al menos me acuerdo de las horas en que murió, cuando recibió una vacuna preventiva contra el asma y el practicante, de toda la familia, de toda la vida, no llevaba encima el antídoto en caso de reacción adversa. Se le fue en sus brazos en el Hospital de Dolores.
Casi todo lo que he escrito literariamente sobre la memoria es de todo menos literatura. Nosotros somos diferentes --tampoco es literatura-- y en la peor de las pesadillas ha habido veces en que he dudado de que fuera mi madre la que murió. Después de todo me llamaban el engrillo recogido en el barranco que franqueaba mi casa. No existe el tal barranco, no existe la casa de Viana, la ciudad es un parque temático y yo tengo acordada finalmente mi vida a las nubes que se abalanzan mar adentro.