viernes, 10 de noviembre de 2017

Viernes, 10 de noviembre de 2017

Sopa de miso en el almuerzo al que me invitó ayer, en su casa del Ensanche, J.P., y carne argentina, todo el piso tan limpio y ordenado, con muchos libros en común y abundante obra gráfica...
J.P. era el "amigo nacionalista" al cual me referido, no sin cierto desprecio, en mis diarios. Como sucedió con Luis Alemany y lo hice público, y pedí por ello perdón en la entrevista que me hizo hace poco Juan C.
Pero es que los diario no son unas memorias. Cuántas veces lo habré repetido. Y así tal día he arremetido con quien tal día me hizo ofensa, y así lo dejé, el día en que me sentí ofendido, sin sentar cátedra --memoria-- de que tal personaje es un mamarracho, por mucho que los hay que siguen siendo mamarrachos y mafiosos de la peor calaña.
Cuando mi último hundimiento, a finalizar el siglo, se abríeron las aguas de un mar Rojo, y conocidos, amigos y saludados quedaron atrás, en la otra vida, la que yo mismo tiré por la borda desde la desesperación y la depresión. Solo a unos cuantos, pasado el tiempo, he intentado recuperar Pero también lo he hecho con otros que se han revelado postizos, o con quienes han  optado por inmolarse para siempre frente mi intención.
Pienso en septiembre último, cuando me enteré por casualidad de la grave enfermedad de P.T. Dejamos La Punta para pasar la noche en un hotel de La Laguna e ir a visitarlo lo antes posible. Como de costumbre, no pasé del umbral de la casa, tantísimos años después; sinceramente, con tantos gestos por mi parte de afecto y comprensión más allá de todo lo comprensible.
Su figura parecía jibarizada, lo que no le impedía la frialdad y la soberbia de las que siempre ha hecho gala, quién sabe si por un desaire amoroso cuando yo tenía diecinueve y veinte años. Y siempre le perdoné el desabrimiento, en aras de una amistad como no he conocido otra, mediante visitas, dedicatorias en libros, exposiciones sin cobrar un duro, o el dibujo enmarcado, Orígenes, del que se apropió sin mayores explicaciones.
En un momento determinado me levanté de aquella bien avenida ceremonia de té con pastas, y le exigí que me explicara qué le había hecho, a él y a su santa esposa, no así a tercer elemento del trío, persona dulce y cariñosa que por eso era el único que se salvaba de estas momias de aire aristocrático y que ha fallecido hace unos meses.  Volví a perdí perdón, pues forma parte de mis rumiaciones: yo vine al mundo dando las gracias y pidiendo perdón. Dejé sobre la mesa del té con pastas mi petición para recibir la absolución, medio siglo después de no sé qué afrenta. 
El cansancio causado por la enfermedad le impidió proseguir, no sin antes de desvariar sobre la gente a la que yo había traicionado, todo ello con información confusa, adredamente confusa y mal intencionada, o importándole un bledo la veracidad de lo que peroraba. No sin antes preguntándome si conocía a determinado gestor cultural que a él, al contrario que a mí, le había hecho caso omiso. Aunque ya fuera un amortajado con signos alarmantes de jibarización, aumentó para mis adentros mi rabia: con la cantidad de dinero que él y otros de sus colegas --seguramente de los traicionados por mí...-- le han sacado a las arcas públicas desde que empezaron en el mundo del mandarinato cultural.., cuando a mí, y tras mucho atrevimiento a pecho descubierto, apenas me han dado unas sobras. 
Regresamos a La Punta. Pasó el tiempo hasta nuestra marcha y no recibí ninguna respuesta de absolución, ni de él, ni de su santísima esposa.
Pues bien, ayer pisé la casa de J.P., en la que nunca había entrado Y lamento mis opiniones agrias sobre su posición política y personal. Nos abrazamos en la despedida. No hizo falta una caricia.