viernes, 23 de junio de 2017

Viernes, 23 de junio de 2017

Aparte de las fogaleras en mi infancia y pubertad laguneras, sí recuerdo, cuando empezamos a vivir juntos M. y yo en el barrio de Hostafrancs, de saltar como locos a la zona de Montjüic para celebrar las verbenas populares de la víspera de San Juan. Lo que queda de aquellas imágenes nocturnas lo asocio a una foto de M. a pleno sol y con una blusa de rayas celestes y blancas, unos años después, en las afueras de Eleusis. Como por estos días, el bochorno. Un fuego que te quemaba las entrañas y que se repitió cuando dormíamos en las playas de Eilat y en el Sinaí.
M. tenía en la foto una expresión tan de niña... De hecho, cuando iniciamos nuestra convivencia, y según la legislación vigente entonces, yo cohabitaba con una menor, por lo que teníamos que guardar las apariencias. 
Con las diferencias de rigor --C. ama el Norte--, M. y C. comparten la misma indiferencia por una casa propia. La primera llevaba el nomadismo de los sefardíes, y era, al revés que yo, antisionista. La segunda, barcelonesa de la que sospecho unos orígenes también judíos, reparte sus ancestros entre Roma y Estocolmo, Génova y Aragón.
Esta tarde he ido a la venta, temiendo que ya estuviera cerrada, y le he comprado una botella de Montferrant. Para mí una botella de Vichy.
Quizás subamos más tarde a la azotea, y yo volveré a mirar hacia Alejandría, donde estuve con M. Aunque lo que tiene que conocer C. es Martinica, más calor y fuego que se apaciguaba con las botellas de ron agrícola y mucho baile al son del beguine.