miércoles, 14 de junio de 2017

Miércoles, 14 de junio de 2017

En memoria de Pablo, el hombre que leía el día entero en las terrazas.


Uno se siente más ligado a la tierra en la que descansan sus muertos.
Podría ser como una balanza: Por mucho tiempo esa tierra fue para mí Canarias. Sin embargo, llevo mucho sospechando que ahora es, si no Cataluña, al menos Barcelona.
Pero son figuras, que, como los cuerpos, se desvanecen: Mis santos muertos de la Isla se han disuelto, alguno de ellos, como mi padre, con las cenizas arrojadas al mar (y con un revés de viento final a la cara de los que estábamos a la proa del barco; por eso soy contrario a la cremación, que también repudia el judaísmo).
Los muertos de Barcelona y el Ampurdán son más recientes, a partir de la muerte de Mercè.
El orden de los que ya no están y el orden de los que seguimos... Así comencé, ayer tarde, un conato de poema que dedicaría, sin decirlo, a mi amiga Olga, envuelta en el dolor de la muerte de su padre.
Al final de la balanza, o cuando la balanza ya ha sido derribada por un golpe de viento de mar, todos habremos pasado de figuras a siluetas de humo, siendo o no siendo reconocidos por la curiosidad o el afecto de alguien que nos recuerda: una mueca o una acción chusca o unas lágrimas o unas carcajadas en el momento menos adecuado.
Ayer tarde, el poema que empezó a venirme a los labios. Horas más tarde, ya en la terraza del Neutral, y después de haber hablado por el móvil con Olga, me informan de que en la noche del lunes había muerto de un tumor cerebral (tres meses) Pablo, el hombre que leía el día entero en las terrazas, en una sola, en la del Neutral...