jueves, 15 de junio de 2017

Martes, trece de junio de 2007

Dos noticias de Polinesia 
y otra en algún punto indeterminado del desierto
1/
Se está acercando el solsticio del sueño más largo. Se están acercando los vencejos, a punto de entrar por el ventanal. Vencejos del goce fugaz, del goce casi intangible. 
¿Sube también la sangre? ¿Vuelve tu rostro a tu figura, a la que doy aliento, si puedo, con una palabra de mí, que no soy nadie? 
La palabra, primero carne. Primero piedra. Primero arena. Primero furia del mar en su resaca. 
Como todo cuerpo, rememoración. 
No solo nacimos por y para lo perdido: somos lo perdido, lo que tus labios cerrados podrían evocar. Íbamos a ser la palabra que recorrería el contorno de la sombra, sombra de mí, sombra de ti, sombra refulgente sobre nuestras sombras apagadas.

2/
En el años de gracia de 1767, al oficial Hortensio Smogh se le cayeron repentinamente las medias. Oteaba hacia barlovento mientras el navío apenas arfaba, de lo calma que la mar se extendía ante su mirada. Este insólito, imprevisto acontecimiento sin mayor trascendencia, lo llevó, tres semanas después, a estrangularse con una de las medías, después de atar la otra de un banano aéreo por si sus compañeros quisieran seguirle el rastro. Pero sus compañeros de tripulación bajaron en tropel en Uma Lu en busca de las inocentes y sensuales y rollizas hembras de la isla. Un cangrejo albino terminó por descubrir la media atada al banano aéreo. Sobre el suelo en los que se esparcían los restos de Hortensio Smogh tomó posesión una colonia de aves del paraíso. Cuando caía la tarde, era digno de verse el esplendor de las hojas, en las quelos rayos del sol se escondían no soportando semejante belleza, Cuando él único superviviente de los desmanes cometidos en Uma Lu se encontró, cinco años después, con el lugar, le cegaron la virulencia y la agitación del crepúsculo. Las porciones todavía azules del cielo lo acogieron con tal pasión, que de inmediato se volatizo. Viajeros recientes han referido que, por aquella esquina de la isla, el crepúsculo sigue virando, como si quisiera, tantos años después, elevarse y disolverse en la noche fosforescente.

3/ La expedición que a duras penas avanzaba por el desierto, sostenía sobre hombros escuálidos tu nombre, guardado en una cajita de cedro. Sobre los cuatro escuchimizados porteadores batían de vez en cuando las alas de cuatro mujeres que podrían pasar por ángeles custodios.

Ocho personas en total, aparte del guía que iba por delante con cara de resignación a punto de hacerse añicos, y el arca diminuta que bandeaba sobre las dunas. De lejos, podía tomarse como una comitiva imponente con restos imperiales engalanados con ropajes de oro, lino y lapislázuli. En cuanto acercabas la mirada, no podías dejar de pensar o en una parodia o en un entierro sin medios, con las ángeleles custodias dado muestras de que se habían equivocado de sepelio.