martes, 20 de junio de 2017

En vísperas del día más extenso

Hay poetas sencillos. No digamos poetas sencillos a los que solo les interesa su trabajo, porque al cabo aparecerá el fraude. Dejémoslo en poetas sencillos.
Hay poetas tabernarios, prostibularios, belicosos, a los que les huele la sombra a todo lo peor que puede albergar un hombre, pero que escriben, como Verlaine, como los ángeles.
Hay poetas que solo se dedican a lo suyo y arrastran una melancolía desastrosa, que nos revuelven las entrañas.
Y luego está la tropa, los pandilleros, los seguidores, los que leen y expresan lo que les marca el santo patrón. Sus poemas son intercambiables, y a veces nos gusta más lo que escribió el jefe, por lo general un erudito ridículo, con peluquín, con alzas en los zapatos por aparentar mayor altura, cabezón
Todos en grupo, escribiendo lo mismo, volcados a una intensa vida social para ascender en el escalafón, para viajar de un rincón a otro del planeta; míralos ahí, la variante de los poetas mochileros, pésimos en sus cosas y tremendamente simpáticos. Lo mismo podrían seguir despachando en el bar o recogiendo hamacas en la playa.
Y hay poetas serios, con aura de santidad, sobre los que mejor es no saber nada de su vida diario, como el Rilke que nos retrata en  El vidente y lo oculto, Mauricio Wiesenthal, un libro que es más que una biografía, lleno de encuentros insólitos, de iluminaciones.