miércoles, 21 de junio de 2017

21 de junio de 2017

No se debe al solsticio, alegría en la lengua. Ni a los vencejos, que esta tarde he comenzado a ver más altos y más callados, sintiéndome culpable por no haberles hecho caso este año. Ni a ese puñado --en la mano el corazón-- de los amigos, nuevos y antiguos. Ni al paisaje, que llevo en la sangre, y me calma en las noches de sonámbulo. Es como el rumor del océano cuando desciende entre las lajas, no se sabe si diciendo adiós o tomando fuerza en su inútil amor por el barranco. Es, otra vez, el gran placer del clamoroso título de Robert Graves: "Adiós a todo eso". La sensación de serenidad bajo la inclemencia de la película de Mankiewicz, de la obra de Tennessee Williams , "De repente, el último verano". "La rosa tatuada" --otro hermoso título del autor del Misisipi--, mi rosa náutica y natal va por ahí conmigo grabada, como la sombra del Volcán sobre el mar cuando amanece. Es, sencillamente, sin tanta palabrería, ese saber que estás en un tris de limpiarte el polvo de los zapatos, como se le atribuye a Galdós, al entrar en una casa nueva, tal vez más cierta y sin duda más cálida, en la que están prohibidas las hormigas.