martes, 30 de mayo de 2017

Martes, 30 de mayo

Sirenas que vuelven del pasado. Estaba un tarde de estas repasando un pasaje de mis diarios donde aparece una pareja de psicoanalistas con los que viajamos de Jerusalén a El Cairo, cuando la península del Sinaí estaba en manos israelíes. Eran bonarenses, bellos y jóvenes, y abiertos a relaciones paralelas. Él, además, como descubrí por casualidad, se hacía pinchar heroína por ella, una judía rubia, presta a las risas y de rasgos muy finos.
A la noche tenía un mensaje de G. Estaba casada con otro psicoanalista de Buenos Aires, un pedante de ojos despiertos y bigotito nervioso. Un sabelotodo; un portento. Solía hacer chistes de mí por ser canario: canario, banana... Una noche G. estaba en casa y entre risas comenzamos a tocarnos. Fue un acto sin mayor trascendencia, el placer por el placer. Poco tiempo después, G, abandonó a su marido y empezó a ejercer la prostitución. Venía por casa y sin ambages nos contaba cómo era esa vida en las entradas de los hoteles de lujo; los clientes de alto nivel.
Se perdió. Hizo caso omiso a nuestras llamadas a la sensatez. Desapareció de Barcelona y, a veces, teníamos noticias de sus andanzas por Madrid. Luego ya no supimos nada. ¿Dónde estaba G.?
Seguramente que terminó por regresar a Buenos Aires, que es de donde, seguramente, me ha escrito. Un mensaje en blanco. ¿De socorro? Le respondía de inmediato. Silencio.