sábado, 8 de abril de 2017

Sábado, 8 de abril

Una vez sintió pánico cuando echó las cuentas del tiempo en que estuvo con B., ella en Las Palmas y él en Barcelona. Un amor que se arrastró por Córdoba y Granada y se fue a morir a Gran Canaria.
Cosas como éstas ahora las tiene controladas: pertenecen a los caprichos de la memoria: espejismos, guadianas, socavones sin rastros.
En lo único que no había reparado todavía es que, esta mañana, al abrir un libro de poemas que había adquirido por internet (En tregua, ahora devuelto al título original: Para enterrar a los muertos en las palabras), le marease el año de publicación, con prólogo de Ana Becciu y al cuidado de Ana María Moix, dos amigas, la primera desaparecida (¿en el Pirinero?); la segunda llevada por un cáncer.
Una vez más, es como si la memoria tuviera la misma relevancia que una ficción creada por él, mientras la fecha de publicación, 2001, fuera una fecha incontrovertible y ajena a su voluntad del trazado de su vida, solo válida, si acaso, para los cronistas de la literatura.